Edmée Pardo

lunes, enero 04, 2010

Plenitud para el 2010

  Entiendo la felicidad como una forma de conciencia:  una elección  que opta por ver el lado luminoso de los acontecimientos  y    que agradece lo que hay.

  Eso quiero  cuando digo feliz año:  que vivamos un  ciclo con el ánimo de apreciar  la belleza y agradecer.

  Esa, también, es la puerta a la plenitud para  ser mejor y  servir más.   Feliz 2010.

 

Un abrazo grande y multiplicado

 

 

Edmée Pardo

www.edmeepardo.com

 

www.amati.com.mx

www.scioamati.com

 

lunes, febrero 23, 2009

Leer para otros

Queridos:

Los invito el sábado 7 de Marzo a las 10.30 am al curso gratuito que imparto en amati: Leer para otros.

Se trata de una capacitación exprés  con bibliografía, herramientas para leer, ejercicios y una reflexión sobre la importancia y necesidad  de leer a otros en tiempos de enfermedad y convalecencia.

Va dirigido al público en general y en especial a aquellos que ya hacen o quieren hacer trabajo de voluntariado en hospitales y casas de asistencia.

Si les interesa favor de inscribirse al 55802517 con Ana Angulo . Si no, pasen la voz.

Todo lo mejor

Edmée

 

 

               

sábado, enero 03, 2009

Dichoso 2009

Quiero extender los brazos y tocar la mano, mirar los ojos, sentir la cercanía de cada uno de ustedes. Quiero darles eso, también: la mano, la mirada, los brazos, especialmente en  estos días que comienza el año para sembrar en nosotros el cariño  que nos permite ser comunidad.  Así, nos deseo a todos plenitud y conciencia para crecer y compartir. Todo esto frente al mar que me llena los ojos de belleza y milagros y desde aquí se  los comparto. Muy dichoso 2009.

Edmée Pardo

               

lunes, noviembre 10, 2008

Invitación/ LA voz azul

Querid@s tod@s:

Este sábado 15 de Noviembre se presenta la novela La voz azul, esa de la ballena que terminé en Bannf y de la que seguramente les llegaron las crónicas.

Les quiero pedir que me acompañen a las 11 de la mañana en el Centro Nacional para la Cultura y las Artes, el CENART, en Churubusco, en la  carpa Salgari.

Como es en el marco de la Feria Internacional de literatura  Infantil y Juvenil, va perfecto que lleven a los críos  porque hay actividades muy padres para ellos.

Quedan cordialmente invitados y espero su  asistencia.

 

Edmée Pardo

               

La escritura

               

LA ESCRITURA

 

Dije que venía a escribir. Pero teclear  en la computadora,  sentarme a poner palabras negras sobre fondo blanco, la escritura en sí, es  el principio del  último 10 por ciento que implica el acto de escribir. Me explico.  Pongo una palabra enfrente de otra, con alguna cordura,  cuándo más o menos sé lo que quiero decir y cómo hacerlo. Para llegar ahí  se requiere    de investigación, lectura,   silencio, reflexión, diálogo, observación, hallazgo, quietud: eso es el 90%  que sostiene cada palabra y le da raíz, lo que hará  armónico y coherente el texto. Eso es, finalmente,  lo que diferencia la palabrería  de la literatura.

    Cuando me iniciaba en el oficio de escritora  escuché una entrevista a Carlos Fuentes donde explicaba que se le dificultaba trabajar en México, que prefería  escribir  en no sé qué otro lugar del mundo. Qué sangrón, pensé.  A  casi 20 años de haber tomado la carrera  entiendo.   Mesas  hay por doquier, cuatro horas para  sentarse a la computadora se roban  tres o cuatro mañanas  a la semana. ¿Pero  dónde, en medio de la vida cotidiana, se encuentra el tiempo y el espacio para  cultivar el 90% que sostendrá la  escritura? No es que no se pueda, pero es mucho más complicado. Y sin embargo es en el contacto con la gente, en la vorágine de todos los días, en la observación de un hecho, en la captura de una frase, donde están las semillas de lo que un día se convertirá en tejido de palabras. 

   Cuando vengo a una residencia artística encuentro las posibilidades para  que exista el 100% del proceso:  leer, estar a solas, reflexionar, dialogar, meditar, observar, investigar, ampliar horizontes y teclear.  Entonces, quiero decir que aunque diga que vengo a escribir, más bien  me dejo escribir por todo lo que hay aquí, abro el espacio para que se inscriba en mí.  Hay días que estoy frente a la máquina, en absoluta hora nalga, como hoy;  y otros en los que leo, conozco nuevos parajes, paseo, veo películas de arte, averiguo el trabajo de otros artistas,  me dejo sentir y llevar por lo que crece adentro.  Si el texto no está listo para salir, lo sigo cultivando; si está a punto enciendo el botón  de la computadora.  

  Las crónicas de viaje son  el digestivo  para la experiencia, una escritura paralela,  de entrenamiento y entretenimiento,  que me lleva al objetivo que me trajo. El texto literario a veces a parece pronto, otras no.

   El teléfono rojo es el pretexto que me trajo.  En la búsqueda de ese cuento encontré otros cuatro  (muy bonitos, dice su mamá muy orgullosa) que no había  imaginado: el trabajo nuevo con  que regreso. Dos de ellos traducidos al inglés con la ayuda de mis colegas escritoras.  También corregí  Letras para sanar el libro que escribí en el verano.  Todo ello producto de lo que amo, lo que me duele, lo que rezo: lo que recibo con las manos abiertas y  con ellas me dispongo a darlo.   Y así con palabras nuevas y otras en el tintero, con ganas de más textos y lecturas, con el corazón lleno del otoño y la maravilla de un pájaro tras la ventana,  cierro este ciclo y con conciencia empiezo otro.  Amén.

 

martes, septiembre 30, 2008

La escritura

               

LA ESCRITURA

 

Dije que venía a escribir. Pero teclear  en la computadora,  sentarme a poner palabras negras sobre fondo blanco, la escritura en sí, es  el principio del  último 10 por ciento que implica el acto de escribir. Me explico.  Pongo una palabra enfrente de otra, con alguna cordura,  cuándo más o menos sé lo que quiero decir y cómo hacerlo. Para llegar ahí  se requiere    de investigación, lectura,   silencio, reflexión, diálogo, observación, hallazgo, quietud: eso es el 90%  que sostiene cada palabra y le da raíz, lo que hará  armónico y coherente el texto. Eso es, finalmente,  lo que diferencia la palabrería  de la literatura.

    Cuando me iniciaba en el oficio de escritora  escuché una entrevista a Carlos Fuentes donde explicaba que se le dificultaba trabajar en México, que prefería  escribir  en no sé qué otro lugar del mundo. Qué sangrón, pensé.  A  casi 20 años de haber tomado la carrera  entiendo.   Mesas  hay por doquier, cuatro horas para  sentarse a la computadora se roban  tres o cuatro mañanas  a la semana. ¿Pero  dónde, en medio de la vida cotidiana, se encuentra el tiempo y el espacio para  cultivar el 90% que sostendrá la  escritura? No es que no se pueda, pero es mucho más complicado. Y sin embargo es en el contacto con la gente, en la vorágine de todos los días, en la observación de un hecho, en la captura de una frase, donde están las semillas de lo que un día se convertirá en tejido de palabras. 

   Cuando vengo a una residencia artística encuentro las posibilidades para  que exista el 100% del proceso:  leer, estar a solas, reflexionar, dialogar, meditar, observar, investigar, ampliar horizontes y teclear.  Entonces, quiero decir que aunque diga que vengo a escribir, más bien  me dejo escribir por todo lo que hay aquí, abro el espacio para que se inscriba en mí.  Hay días que estoy frente a la máquina, en absoluta hora nalga, como hoy;  y otros en los que leo, conozco nuevos parajes, paseo, veo películas de arte, averiguo el trabajo de otros artistas,  me dejo sentir y llevar por lo que crece adentro.  Si el texto no está listo para salir, lo sigo cultivando; si está a punto enciendo el botón  de la computadora.  

  Las crónicas de viaje son  el digestivo  para la experiencia, una escritura paralela,  de entrenamiento y entretenimiento,  que me lleva al objetivo que me trajo. El texto literario a veces a parece pronto, otras no.

   El teléfono rojo es el pretexto que me trajo.  En la búsqueda de ese cuento encontré otros cuatro  (muy bonitos, dice su mamá muy orgullosa) que no había  imaginado: el trabajo nuevo con  que regreso. Dos de ellos traducidos al inglés con la ayuda de mis colegas escritoras.  También corregí  Letras para sanar el libro que escribí en el verano.  Todo ello producto de lo que amo, lo que me duele, lo que rezo: lo que recibo con las manos abiertas y  con ellas me dispongo a darlo.   Y así con palabras nuevas y otras en el tintero, con ganas de más textos y lecturas, con el corazón lleno del otoño y la maravilla de un pájaro tras la ventana,  cierro este ciclo y con conciencia empiezo otro.  Amén.

 

sábado, septiembre 27, 2008

Últimos días

                ULTIMOS DIAS

 

Estoy a unos días de finalizar esta residencia: agradecida, conmovida, queriendo exprimirme el último cuento del cerebro,  también con calma. Saco la maleta  para poco a poco guardar lo mío: dejé varios paquetes de libros, me llevo otros. Qué cosa esta de viajar con tanto escrito ahora que las aerolíneas cobran cada kilo  extra como si fueran dietistas estrictos.

  A estas alturas del partido un par de días PuebloQuieto se ha convertido, milagrosamente, en pueblo bonito; me gustaría arreglar un granero y hacer de él un lugar para vivir: abajo la casa y arriba el estudio; las actividades culturales de PuebloQuieto me parecen bastas y fascinantes (no tanto); y estar lejos de los amados gracias al skype y al mail se me ha hecho menos pesado.  Así que aunque ya le agarré el modo a bañarme diario en tina, estuve a punto de compararme un patito,  medio tolero el sabor del agua del Misisipi cuando me lavo la boca (para beber compro de manantial, ni modo),  y mis compañeros de residencia son mis   amigos, estoy casi  lista para regresar  aunque signifique no escribir en meses y entrar a la vorágine de los cursos,  los viajes y el trabajo. Quiero una cena de amigas y risas hasta la madrugada, una comida con la familia toda junta, un día y una noche seguidos bajo el brazo de mi amado, tocar la panza  de mi amiga y  saludar al  bebé que viene.  Ya ansiaré de nuevo  volver  a los días de encierro donde sólo hay silencio y Dioses que me dictan las palabras. 

  Mientras esto sucede me animo y veo  si hay otro cuento, alguno, que quiera ser escrito por mis manos y las abro.

 

Últimos días

                ULTIMOS DIAS

 

Estoy a unos días de finalizar esta residencia: agradecida, conmovida, queriendo exprimirme el último cuento del cerebro,  también con calma. Saco la maleta  para poco a poco guardar lo mío: dejé varios paquetes de libros, me llevo otros. Qué cosa esta de viajar con tanto escrito ahora que las aerolíneas cobran cada kilo  extra como si fueran dietistas estrictos.

  A estas alturas del partido un par de días PuebloQuieto se ha convertido, milagrosamente, en pueblo bonito; me gustaría arreglar un granero y hacer de él un lugar para vivir: abajo la casa y arriba el estudio; las actividades culturales de PuebloQuieto me parecen bastas y fascinantes (no tanto); y estar lejos de los amados gracias al skype y al mail se me ha hecho menos pesado.  Así que aunque ya le agarré el modo a bañarme diario en tina, estuve a punto de compararme un patito,  medio tolero el sabor del agua del Misisipi cuando me lavo la boca (para beber compro de manantial, ni modo),  y mis compañeros de residencia son mis   amigos, estoy casi  lista para regresar  aunque signifique no escribir en meses y entrar a la vorágine de los cursos,  los viajes y el trabajo. Quiero una cena de amigas y risas hasta la madrugada, una comida con la familia toda junta, un día y una noche seguidos bajo el brazo de mi amado, tocar la panza  de mi amiga y el bebé que viene.  Ya ansiaré de nuevo  volver  a los días de encierro donde sólo hay silencio y Dioses que me dictan las palabras. 

 

miércoles, septiembre 24, 2008

La naturaleza

LA NATURALEZA

Me encantan las grandes ciudades, el teatro, el cine, las exposiciones magníficas de arte. Me gusta más  estar cerca de los árboles, los animales, levantarle la falda al mar; ver lejos: mucho cielo, las curvas naturales de la tierra, al aire pasearse muy campante.

   Desde que iba a aterrizar el avión abrí bien los ojos. Sabía que no estaría en  un lugar cosmopolita: apenas  cuando me aceptaron  en la residencia supe que Minnesota está en la esquina con Canadá, que ahí vive la famosa Clínica Mayo, que una amiga había corrido el maratón de la ciudad, que las  Twin City tienen su encanto. Sabía, y eso era lo que más me daba emoción,  que en este estado nace el Misisipi. En el coche, apenas dejamos el aeropuerto,  fue apareciendo un panorama que no había visto en vivo y en directo: granjas de caballos que pastan libres, una casa gris de una sola planta cerca del granero rojo en alto; después de extensiones amarillas y verdes, delimitadas por cercas blancas, asoma otra granja ahora de vacas o puercos; sembradíos de trigo y mostaza, campos completos de maíz;  árboles caídos en el camino, huella del tornado último,  y más planicie y campos. En la carretera, también son parte del paisaje, se multiplican enchamarrados de cuero  sobre enormes motocicletas Harley.

   El Centro Anderson está a espaldas de uno de los muchos parques del estado,  zonas estrictas con el cuidado  de la naturaleza: animales, humedales, ríos, pastizales. Muchas veces me he preguntado por qué los mexicanos no tenemos ese respeto por la naturaleza. Quizá porque no la vemos transformarse año tras año, supongo mientras me envuelve el crujido del otoño. En mi país las variaciones climáticas, de flora y fauna, son menores. No vemos padecer a los árboles  bajo la nieve, casi muertos, ni su esfuerzo de florecer de nuevo; no atestiguamos los ciclos de metamorfosis vegetales ni animales. Por tanto el mundo está ahí,  casi fijo, más o menos verde, sin gran cambio. Para qué hacerle caso.

   Atrás de la casa pasa la ruta de la  “Valey trail” para bicicletas y patines en esta época  o para cross contry en los meses nevados.  Caminarla  y andarla en bici se ha convertido en peregrinación diaria: miro el cambio del follaje, me maravillo con los animales, avanzo literal y metafóricamente en mi escritura, paso a paso. En las orillas descansan  mesas y bancas para días de campo.  Justo en este mes comienzan las migraciones:  en las tardes veo enjambres de monarcas  a medio jardín en su ruta a México,  o a medio día parvadas de gansos en formación de ve  a donde sólo ellos saben. 

     El letrero a la entrada a la pista anuncia venado, pato, tortugas, serpientes, mapaches, liebres, ranas, águilas y una gran variedad de aves de nombres científicos impronunciables. Una mañana vi dos pájaros del rojo de las hojas;  una tarde un grupo de liebres retomaron  por donde venían --nada más oír la rueda de la bicicleta se escabulleron y vi su redonda cola blanca perderse entre el verde--; otra tarde vi un guajolote salvaje, caminando muy campante  sin saber que se acerca el Día de gracias.  Otro día, cerca del río, el aleteo de dos patos casi me detiene el corazón.  Me detuve por completo la mañana que  topé con dos pequeñísimas tortugas de tierra sobre  el pavimento.  Estuve a punto de alzarlas para llevarlas al otro lado del camino,  pero monté a la bici riéndome de mí misma y mis pretensiones.  ¿Qué me hace creer, a veces,  que sé más que la naturaleza sobre ritmos y equilibrios? Respetar el paso de tortuga de otros, literalmente, implica honrar lo que no somos. 

   La vecina del Centro  tiene cuatro caballos que saca al corral en las mañanas. Me presentó con dos de ellos, María y Ed, ambos excompetidores de carreras que ahora se dedican a otras gracias, y con quienes a veces hablo español:  son los únicos que lo entienden por acá.  En las noches he visto pequeñísimas ranas, grillos, saltamontes. Ardillas rojas y grises brincotean a todas horas y en cada esquina; en el roble fuera de la casa una muy trabajadora  ha apilado ya un centenar de nueces para el invierno. Se ven tan lindas y contentas, aunque Robert ha dicho que en Noviembre tendrán que eliminar a algunas porque cada año deciden hibernar en el ático y a pesar de  trampas siguen lastimando el techo y ya no puede gastar más en reparaciones.  

    Lo que más me gusta es ver los árboles, las plantas, sus hojas. Una madrugada me despertó un golpe seco, asomé a la ventana y   percibí otro sonido igual: eran manzanas que caían del árbol.   Guau. Estoy atenta a los cambios de colores, al tapete que van dejando las hojas sobre el suelo (una camita para la nieve que viene), al aire que los mece.  Ver tanta magnificencia hace dejar de verme a mí y mis pequeñeces, bendito sea Dios, y poner los ojos en el milagro de la naturaleza, en los ciclos, en las enormes extensiones de cielo gris, en el aire frío, y es ahí, de esa manera, donde poco a poco aparecen las revelaciones.